Productividad o muerte

Artículo publicado en Hera Magazine el 13 de mayo del 2020

Hace no muchos días se cumplieron para mí y para muchos los cuarenta días de cuarentena que su nombre sugieren. El 13 de marzo se registraron los primeros cuatro casos en el país, noche en la cual salí por última vez con una amiga que vino de visita desde Alemania por esas fechas. Fue mi última salida social y casi que general, hace más de 40 días que no piso la oficina.

Sin embargo mi cuarentena viene siendo de todo menos poco productiva. He visto mucha gente que ha empezado hobbies nuevos, que ha retomado el ejercicio, que ha aprovechado para cocinarse mucha comida casera, o darse el tiempo para encarar un proyecto que hace años venían postergado; para hacer una limpieza definitiva de placares o para pintar las paredes. Y también quienes están disfrutando de esta situación tan única y quizás hasta irrepetible en nuestras vidas de darse un merecido descanso. ¿Quién no ha deseado a veces que el mundo pare un cacho? ¿Tener una especie de intromisión que nos sacuda la rutina y los cimientos un poco?

Obvio que con esto no me refiero a que la situación que vive el mundo sea deseable, pero cada uno según lo que le toca adapta su visión de las cosas para pasarla lo mejor posible. Sé también que mucha gente tiene trabajos “esenciales” y que no puede hacer cuarentena. Todo ese mambo que posteamos todos tipo cámara de eco hace unas cuantas semanas de que la cuarentena es un privilegio de clase. Notición, todas nuestras vidas son un privilegio de clase. Si se rigiera por ahí no podrías subir una historia de Instagram tomando birra artesanal, comiendo papas cheddar o pizza de masa madre sin ser un insensible, pero a otra cosa.

Hay millones de cosas que podés hacer si estás en cuarentena y llegás a fin de mes. Pero he notado en mi caso que a veces simplemente no quiero hacer nada. Y cuando eso me pasa, más allá de si estuve trabajando y estudiando de la mañana a la noche durante toda la semana, me siento inmensamente culpable.

Creo que casi todos en mayor o menor medida sentimos una pequeña obsesión por la productividad y por no sentirnos inútiles o que desperdiciamos nuestro tiempo. A veces me llama la atención porque creo que como generación los millennials somos bastante conscientes de que debemos cuidar nuestra salud mental, y podemos ver un poco más transparente que nuestros padres su concepto exacerbado de que “el trabajo dignifica”.

Yo no creo en la cultura del trabajo, no porque no me guste trabajar: de hecho soy bastante adicta al trabajo y aquí el problema. Capaz no somos conscientes pero me parece que como generación tenemos nuestra propia cultura de la productividad: atiborrados de videos de YouTube con morning routines, night routines, gente que se despierta a las 4 y media de la mañana para hacer ejercicio, el journaling, las Girl Boss, Steve Jobs, Michelle Obama, el flexing y los feeds perfectísimos curados de Instagram coordinados por color de gente viviendo una vida súper #Goals.

Cuando estaba en ciclo básico y era una adolescente me di cuenta un día que me sentía más feliz cuando estaba ocupada. Distraía mi cabeza y me generaba una sensación de logro para conmigo misma. La liberación de dopamina que me pega cuando tacho un item de mi lista de cosas para hacer es un ejemplo bastante claro de eso. A primera vista dentro de los problemas reales que una persona puede tener, estar obsesionado con la productividad no parece uno tan grave. Te lleva a cumplir metas, a ganar más dinero, a terminar tu carrera más rápido, a ser ambicioso y determinado, a aprovechar tus oportunidades por el concepto que tenemos todos de que la vida es corta.

En realidad este problema no parece un problema porque está alineado a las expectativas que tiene el mundo capitalista para con vos. Que tenés que ser exitoso, tener un título, trabajar de lo que te gusta, encontrar una vocación, que el trabajo sea una parte sustancial e importante de tu vida. No te queda otra parece, porque vas a pasar ocho horas al día haciéndolo, entonces tiene que haber algo que te guste y disfrutes sino vas a ser un infeliz.

Y como todo, si te gusta ser productivo a puntos obsesivos y no te crea problemas no tomarte ni un día libre por semana, capaz no querés catalogarlo como un problema. Pero el tema también es lo mucho que todos lo tenemos enraizado, por lo mucho que basamos nuestra autoestima y nuestra valoración de nosotros mismos en ser productivos, y porque la mayoría de las cosas que consumimos en internet de gente con vidas perfectas es completamente irreal.

Generalmente considero que tengo suerte de estar tan enamorada de lo que hago, pero no porque considere que no tener vocación y que el trabajo no sea un eje de tu vida es menos válido, sino porque las vidas de quienes hallen felicidad trabajando van a ser mucho más sencillas en ese aspecto, estás yendo con la corriente.

Pero el lado negativo se me hace muy presente: el domingo pasado en cuarentena trasnoché hablando y tomando algo con mi hermana, y al otro día en vez de estar feliz por lo lindo que pasamos, porque pude relajarme y dejar de mirar pantallas, o porque experimenté un ápice de normalidad en mi vida que ya hace bastante, como la de todos, ha cambiado; me sentí decepcionada y enojada conmigo misma por estar cansada y no poder cumplir con los cinco items de mi lista de quehaceres para el domingo (siempre sobreestimo la cantidad de cosas que puedo hacer en un día). Pero el sentimiento más rotundo y más extraño que casi me sorprendió fue la culpa. ¿Por qué sentiría culpa de haberme divertido? Si antes hubiera sentido que me lo había ganado… ¿Qué tanto pudo meterse en mi cabeza ese discurso de que hay que sacarle el jugo y exprimir hasta la última gota de cada situación y circunstancia presentada? ¿Por qué aprovechar el momento viene solo vinculado a los logros materiales y no simplemente a dejarnos hacer lo que tengamos ganas de hacer en ese momento? ¿No hay satisfacción en eso?

Una vez leí que ser adulto significa que cuando te estás relajando, tomando unas vacaciones, o yéndote para afuera un finde, siempre estás dejando de hacer algo. Siempre hay una cosa, ya sea trabajo, estudio o trámite, que estás ignorando o podrías estar haciendo.

Desconozco cuanto tiempo vamos a estar encerrados, pero si a ustedes también les está pasando de atar su autoestima a su nivel de productividad como satisfacción rápida y sencilla bajo el lema de “aprovechar la cuarentena”: la vida es corta, pero también es larga. A veces menear la Tusa con tu hermana en el living puede estar en tu lista de cosas para hacer.

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